martes, 17 de septiembre de 2013

Experiencia Misionera de María Fraiz en Argentina

MI EXPERIENCIA MISIONERA EN SAN PEDRO 
(MISIONES- ARGENTINA)
“Todo lo puedo en Aquel que me fortalece”


    
Es muy difícil intentar plasmar en un papel lo vivido en una experiencia como esta. Poner palabras a las emociones, momentos, es realmente difícil. ¿Cómo expresar lo aprendido en  este tiempo en unas líneas? Hay cosas que es casi imposible explicar con palabras ya que sólo se pueden experimentar y compartir de otro modo.
Cuando trato de resumir lo que supuso para mí este voluntariado, hay una 
palabra que resume gran parte de lo que quiero transmitir: GRACIAS.

   El agradecimiento es el primer sentimiento y palabra que quiero pronunciar.
Dar gracias al Señor por poner en mi camino al Grupo de Voluntariado Misionero María Ana 
Mogas, de las Franciscanas Misioneras Madre del Divino Pastor.

En este  grupo y junto a las hermanas y a las personas que lo integran he ido conociendo poco a poco lo que es la MISIÓN;  palabra que engloba mucho más de lo que imaginé. Con este grupo tuve oportunidad de crecer a muchos niveles en diferentes ámbitos y siempre desde el carisma de su fundadora María Ana, educando con el corazón. Las hermanas han sido siempre un referente que me han ayudado a lograr cumplir este sueño que desde hacía tiempo latía en mí. Su acompañamiento y su forma de trabajar en el grupo junto a la oración de tantas personas hacen que esta experiencia sea para mí algo único, un auténtico regalo.

  
Mi estancia allí fue de tres meses. Los tres primeros días acompañé a las hermanas en Moreno (Buenos Aires) donde tuve la oportunidad de conocer la labor que realizan y otras casas de las hermanas en el grande Buenos Aires:
Pilar: su maravilloso colegio y la casita que se 
estaba haciendo para las hermanas más 
mayorcitas, la casa que llevan los laicos de 
AMAM en José León Suárez y el colegio y la 
Casa donde residen parte de las hermanas y 
donde está otro colegio en Guaminí.

   Después de irme familiarizando con el cariño de las hermanas y del nuevo país en el que me
 hallaba volé a Misiones.Y allí empecé a descubrir un lugar del que me enamoré.
Sus majestuosos paisajes, la tierra colorada que tanto había oído, los diferentes  árboles y cómo 
no, las impresionantes Cataratas de Iguazú que después de haber visto la película La Misión hace 
años, me consiguieron emocionar de una manera espectacular.


   Pero si me enamoré de los paisajes, no fue menos de sus gentes. Yo me fui a un pueblo llamado San Pedro donde las hermanas tienen además de un Instituto, un Hogar para niñas que viven en situaciones complicadas o menores en riesgo.
Allí me establecí y allí viví esa experiencia que intento escribir.
   Gracias al Señor allí se encontraba la hermana Inmaculada  Plaza, a quien tuve la oportunidad de conocer mientras estuvo en el equipo del Voluntariado Misionero.
Qué alegría verla tan feliz y haciendo tanto bien. Ha sido un pilar muy importante en mi estancia
 ya que pude ver  su implicación de lleno en la tarea de ser misionera.
Ella preparó junto a las niñas del Hogar un recibimiento precioso que no olvidaré.

  
No pasó una semana y ya me sentí integrada. La gente de lo más amable y próxima. En seguida pude experimentar la cercanía, el cariño real que no entiende de tiempos cronometrados ni de momentos sin cercanía
 y apoyo. Aquí se reiteró la idea de lo importante que es el tiempo que se comparte
 y la necesidad de establecer y fomentar las relaciones humanas.
Me sentí tan feliz con tantas personas que 
me recibieron y me acompañaron que de
 nuevo el agradecimiento surge como palabra 
que lo resume. Gracias al Señor y a María 
por poner en el camino amigos que son un tesoro, que han estado  compartiendo este tiempo enriqueciéndome con su amistad.

   Conocer al grupo misionero Talita Kum de Eldorado, chicos y chicas jóvenes que crecen
 viendo los valores que realmente importan y tratan de llevarlos a su alrededor y compartirlos, 
 me lleno de alegría, ya que son jóvenes comprometidos con los que compartes momentos 
preciosos como la Vigilia de Pentecostés a la que me invitaron y que tan especial fue. Yo me 
sentía una más del grupo.
 Esa apertura me dio mucha esperanza y me hizo ver que los jóvenes tenemos que 
empaparnos  de sal y luz y portarla donde nos encontremos. 

   Una experiencia que sin duda me llenó y me hizo aprender muchísimo fueron las visitas 
a las colonias (lugares bastante apartados de las ciudades y pueblos) a las que íbamos 
con algún sacerdote los fines de semana o cuando era alguna festividad. Qué momentos, 
llegar viendo la inmensidad de la naturaleza y encontrarnos con familias, con chicos, 
mayores, pequeños, personas unidas para celebrar la Eucaristía.
La sencillez y apertura de estas visitas me hicieron vivir el Evangelio de una forma 
distinta, probablemente más encarnada. Ya rezando y meditando te das cuenta, aunque 
ya lo pienses de antes, que sólo desde las enseñanzas de Jesús, es posible la construcción
 del Reino de Dios con unos valores que sostienen a toda la familia humana desde y 
en el AMOR.


   Y qué decir de las niñas del Hogar María Ana Mogas. Increíble lo que una puede aprender  de criaturas tan pequeñas pero con unas vidas tan grandes como duras. Cómo y cuánto me han enseñado acerca de la vida y de cómo afrontar los problemas. Cuánto me han regalado: sonrisas imborrables, abrazos que no tienen precio, confidencias que quedan grabadas, juegos y risas en las que de nuevo vuelvo a ser una niña más. Cuánto han compartido. Sólo recordar a cada una me hace volver a trasladarme al tiempo vivido, a cuando me fui, a las relaciones tan intensas que vivimos.
De ellas y del tiempo juntas, de los niños del instituto con los que tuve la ocasión de estar 
preparando cantos para diferentes celebraciones y de los pequeñitos de la escuela Marianita
 (en el barrio María Ana Mogas, que se comenzó debajo de un árbol) pude desarrollar con
 ilusión tantas cosas que en el día a día me iban enseñando. Cosas que no están en manuales
 ni en títulos académicos y que sin duda llenan al ser humano.

   En este tiempo además de hacer la tarea con las niñas, jugar, llorar, hablar, escuchar pude complementarlo con tantas cosas que me han ayudado a crecer. Doy de nuevo las gracias por
 el ejemplo de María Ana Mogas, una mujer que supo y luchó por apoyar a las niñas y a los
 enfermos siempre con una pedagogía llena de amor que sin duda impregna el carácter de 
muchas de las hermanas que tuve el regalo de conocer. Trabajar  con la infancia es sin duda 
 una labor que si además añadimos los problemas que pueden tener, y este caso de mucho 
peso, podemos venirnos abajo. Sin embargo si nos fijamos en personas como María nuestra 
Madrecita y Madre del Buen Pastor, ejemplo de discípula del Señor y  María Ana, vemos 
que es posible no sólo trabajar sino llenarse de tanta riqueza que sólo los pequeños nos 
pueden enseñar y con ellos descubrirla. 
Riqueza que va más allá y que realmente ayuda al ser humano.


   Una de las cosas que más observo es como
 los paradigmas de la sociedad en la que 
actualmente vivimos, nos lleva a buscar
 necesidades generadas y no cuidar las reales. Generamos “necesidades irreales”: comprar
 el último móvil, buscar el éxito, perseguir el 
dinero, ser consumistas en exceso… y
 descuidamos (y mucho) las reales de todo 
ser humano ya que nacemos para amar y ser amados: la escucha, el compartir, la importancia
 de priorizar nuestro tiempo y dedicarlo intensamente, los afectos, los abrazos…Pienso que no somos conscientes de lo ricos que somos 
y de lo poco que lo aprovechamos.

   Otra de mis lecciones aprendidas es, como decía Madre Teresa, que “no hay mayor pobreza 
que la falta de amor”. Volviendo a lo anteriormente citado, uno no puede defenderse y luchar 
cuando no ha recibido muestras de cariño: un abrazo, una frase, un sentirse valorado/a o 
simplemente una palabra de la importancia de cada ser humano.

   Por último quiero recordar que si he podido vivir esta experiencia con tanta paz y alegría, sin agobiarme ante momentos duros, ha sido por Aquel que lo puede todo. Sin duda reitero lo que 
ya es una certeza: somos instrumentos. Por nosotros mismos poco podemos hacer. Pero si 
abrimos el corazón al Amor con mayúsculas podemos hacer cosas que no pensábamos. Me
 remito al lema de mi Envío:
 “Todo lo puedo en Aquel que me fortalece”


  





 A la vuelta, coincidiendo con las vacaciones de invierno, estuve diez días en
Buenos Aires. En Guaminí  donde las 
hermanas me cuidaron muchísimo y me animaron. Gracias a su dedicación y preocupación para que la vuelta no fuese 
tan dura, me sentí muy acompañada. Se encargaron de que con unas chicas conociese 
el precioso Santuario de Luján, el Rasero, Caminito, el centro y los lugares más emblemáticos de la ciudad así como de
 varias provincias (Incluso participé en actividades en la Casa de Jóvenes Hermano Francisco). Días intensos llenos de cariño.

   Ya de vuelta,  acostumbrándome de nuevo, pero ya con un trocito de mí que es misionerito.

 Aquí hay que continuar, sabiendo que podemos ser misioneros/as allá donde vivamos.

   Tal y como comencé: gracias Señor por este regalo de tener la oportunidad de vivir una 
experiencia como esta, en San Pedro de Misiones.

                                                                                                                   María Fraiz Arca

                                                                                                                      Verano 2012

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