miércoles, 25 de diciembre de 2013

EVANGELIO La Navidad como sorpresa, novedad, maravilla.




La Navidad como sorpresa, novedad, maravilla.

Nuestra Teresa de Ávila se rebelaba contra las “devociones bobas”: “Líbranos, Señor, de las bobas devociones de los santos de cara triste”. Se refería ella a las tentaciones de misticismos evanescentes, vagos espiritualismos y devocionismos milagreros. Si alguien va por ahí, que tome nota. Hoy el problema de la “devoción” a la Navidad es otro: consumo, aún en crisis, superficialidad, vacaciones, secuestro de la auténtica Navidad.

Nuestra espiritualidad ha de ser una espiritualidad cristológica, fruto del conocimiento de Jesucristo. Que debe ser un conocimiento bíblico: penetra la inteligencia exigiendo estudio y reflexión, interesa la voluntad, exigiendo opciones y adhesiones, mueve el sentimiento exigiendo afecto y alegría, se transforma en acción exigiendo obras de justicia. Inteligencia, voluntad, afecto y acción. Comprender, querer, amar, hacer, tales son los aspectos del genuino conocimiento de Cristo y de su palabra. Navidad.

¿Sabía José el misterio de María? ¿Tenía noticia del anuncio que nos narra Lucas? José, a través de la revelación angélica, recibe siempre en su vida, como un rayo, una sorpresa. Su noche, su silencio, su sueño, son rotos por una novedad absoluta. Navidad es por su naturaleza sorpresa que rasga la soledad de un hombre abandonado a sí mismo, a sus luchas, a sus páramos desolados, a su egoísmo, a su muerte.

Recuperar el sentido de la sorpresa, que es la atmósfera de la noche de navidad y de la mañana de pascua; adquirir de nuevo el sabor de la novedad; recordar la visión bíblica de la historia, apuntan hacia una meta sorprendente, obtener de nuevo la capacidad de sorprenderse. Chesterton nos advertiría hoy, en nuestro mundo tan programado, tan informatizado, cada vez más previsto y previsible: “El mundo no perecerá, por cierto, por falta de maravillas; el mundo perecerá por falta de maravilla”. José es un pobre desposado, perteneciente a una nación oprimida y a una categoría social olvidada, pero que tiene los ojos del espíritu limpios y prontos a ver la maravilla que está germinando en su vida. Debemos reencontrar el sentido de la espera, de la novedad, del valor. Simone Weil observaba: “Los bienes más preciosos, no se han de buscar sino esperar”.

Con esta espera de Dios, con esta esperanza, el cristiano da sabor a su vida, a menudo modesta y sencilla como la de José. ¿Tendremos la capacidad de sorpresa en esta Navidad del 2013?

Blas Silvestre Navarro"

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