domingo, 12 de octubre de 2014

La Esperanza de seguir adelante.

Me dispongo a relataros la experiencia de servicio y fe, probablemente, más dura y que más contradicción ha producido en mi persona. Se trata del trabajo realizado en la “Edad de Oro”, durante dos meses del verano de 2013. La Habana, idealizada por tantos, es la capital de un país cuyo contexto va a determinar fuertemente cada pretensión en la isla. Acercándonos a los cincuenta y seis años de la revolución, Cuba se encuentra en una situación de precariedad material, espiritual y moral.

El totalitarismo y evolución de un comunismo deshumanizador, han infectado cada sector social y ámbitos personales, determinando la vida de tantos cubanos y moldeando muchas de sus respuestas.

La “Edad de Oro” no es una excepción a ello. En su fachada, obviando el hediondo olor que desprende la institución, nos encontramos la expresión ‘centro psicopedagógico’; lo que no deja de ser un modo más de maquillar lo que tras sus puertas se esconde: el lugar en que más de ciento veinte personas viven, y muy probablemente vivirán siempre con sus discapacidades –tanto físicas como mentales muy severas, pues uno de los requerimientos para entrar es no tener la capacidad de levantarse por sus propios medios-, lugar en que los medios materiales nunca son siquiera suficientes y en que los empleados, sin ánimo de culpabilizarlos, con mucha frecuencia olvidan que son otras personas a las que atienden –en muchos casos, el empleo aquí se trata de un medio de reinserción social para personas “conflictivas”-.

A la derecha de la puerta aparece un anuncio en que se ofertan trabajos en la institución. Aparece reflejado el sueldo que recibirán: uno de los más altos que el estado ofrece en el país para ese tipo de trabajo (unos diecisiete dólares americanos). Vale la pena reseñar esto porque no es precisamente Cuba el sitio en que más escaseen los empleos; el alto sueldo y el anuncio son reclamos para un trabajo que muy pocos están llevando a cabo por propia voluntad, su crudeza y precariedad son inaguantables para la mayoría. La presencia de las Hijas de la Caridad allí marca la diferencia. El edificio de la comunidad se encuentra anexado a las diferentes salas que constituyen el edificio; actualmente es el resquicio que les queda de una construcción de cuya propiedad eran titulares. Como toda posesión de la Iglesia, fue expropiada tras la revolución y su regencia pasó directamente al estado. Después de las “mejoras” en  las relaciones Iglesia-estado de los últimos veinte (incluso treinta) años, fue devuelto un hueco a las hermanas en el centro y es hoy que su autoridad no es legal –correspondiente estrictamente a los representantes que el estado dictamina-, pero sí moral; su plena dedicación, alta formación y personificar una ternura, allí necesaria, han provocado que se abra una pequeña brecha de libertad.

La presencia de las hermanas es decisiva y suponen el freno al caos imperante. Sin embargo, no parece suficiente. La atención de los “niños” –como allá se les dice-, debido a su dependencia, exige una mayor personalización en el trato. Hemos de obviar las necesidades materiales, pues es terreno en que no se puede hacer demasiado. Los medios utilizados para su cuidado y con que cuentan las instalaciones son decididos por su director y el Minsa (Ministerio de Salud), quienes han de aprobar cada cambio –lo cual no es siempre satisfactorio, ya que entran en conflicto discusiones en las que ahora no nos podemos permitir entrar-. Respecto a ello, las hermanas no cuentan con mucha mayor solvencia que la pública y en relación a las donaciones extranjeras que llegan, no de todas se puede hacer uso, ni un uso adecuado.

Realmente, dos meses es muy poco tiempo para pretender hacer un juicio. Pero la intensidad con que fueron vividos me permiten hoy decir que ha sido tiempo de dolor y aprendizaje, tanto el durante como el después. La realidad muchas veces se impone a nuestros propósitos y, a veces, es necesario chocarse con ella y dejar que nos hiera para volver a ser conscientes de ello. Aceptar que, con frecuencia, en nuestras manos no está más que el poder ofrecerlas, no es fácil. Sin embargo, la lección es otra: la diferencia no es marcada por las grandes acciones, sino por el cómo llevamos a cabo lo cotidiano, lo que nos aburre y que por repetido dejamos de apreciar. No he visto evangelización de catequesis, pero he sentido el hacer de Dios a través de personas que han compartido mi día a día.

Fundamental fue el trato con los “niños”, comprender que la vida es sencilla, que nosotros también lo somos y que un día cualquiera puede ser un gran día tan sólo por cómo lo miremos y se lo hagamos ver a los demás , porque lo compartamos. No obstante, igualmente importante fue la relación con los empleados, por lo general juzgados de la peor manera. No es tiempo de justificar, pero sí de afirmar que no sólo las hermanas dejaban entrever la trascendencia; también aquel o aquella de quien se decía “se comporta como un animal” traslucía el Bien. Entender que cada uno tiene su historia, una que en cierto modo determina nuestras acciones y que eso no nos hace buenos o malos, aunque sí podamos llevar a cabo actos buenos o malos. Ví las acciones más nobles en quien más duramente era juzgado.

Son muchos los interrogantes que aparecieron entonces y muchos los que no se han resuelto. Para cerrar, me gustaría compartir uno de ellos, aunque sé de la dificultad que implica no contar con un contexto en que formularlo. ¿Debemos anteponer el bien de hoy, el que está pronto a nosotros y nos da seguridad, o luchar por un futuro mejor aunque ello conlleve el mal del día presente y del mañana?

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