martes, 24 de febrero de 2015

LA CRUZ O LA REDENCIÓN

UNA EXPERIENCIA EN MEXICO

El objetivo de escribir hoy no es encender un sentimentalismo que mañana se apagará, es que evoquemos y les dediquemos un deseo de justicia, una oración a aquellos de quien nadie se acuerda, más que quienes dejaron atrás.

Quiero hablar de los “mojados”, los centroamericanos que diariamente sitúan al filo de la muerte su vida para lograr el “sueño americano”; los que recorren un camino que, en su imaginario, sólo podrá tener dos resoluciones posibles: la cruz o la redención.

Escribo desde la Ciudad de México, donde el Centro Universitario Ignaciano nos ha ofrecido la posibilidad de pasar la primera de varias jornadas completas en un albergue de migrantes (en Apizaco, estado de Tlaxcala) que deciden bajar nuevamente de “la bestia”, como acá le dicen, o también llamado “tren de la muerte”.

Éste transporta mercancías cruzando toda la república y evitando así los puestos de control mexicanos, no sin impedir que sean multitud de veces las que han de subir y bajar en marcha.

Sus motivaciones varían desde la necesidad de alimentarse, obtener atención médica, huir de las autoridades migratorias, descansar “sencillamente” después de decenas de días sin Ilusos nosotros.

Se nos aconsejó que lleváramos algunas dinámicas o actividades preparadas para que no se produjesen tiempos muertos. Sin embargo, no era actividades lo que buscaban.

Tan sólo unas horas sin miedo, sin el recuerdo lacerante de todo lo que atrás queda, sin la incertidumbre de mañana; unos oídos prestos que escucharan sin juzgar y unas sonrisas que compartir.

Quiero hacerme eco de la historia de, la llamaremos Macarena –pues así llamó a su gata, apenas unos meses antes de emprender la partida– por respeto a ella y a su historia. Macarena hoy está viva, también su marido, con quien viaja.

Aunque no viajaba, pues salieron cuatro de Honduras.

Son veintitrés días los que llevan de recorrido.

En éste han presenciado ya las muertes de tres guatemaltecos en las vías y la amputación de la pierna de un salvadoreño al agarrarse mal del tren.

Pero no, eso no ha sido lo que ha hecho que al contarlo se le quiebre la voz y broten las lágrimas, sí que no saben el paradero de su hermana, a quien las autoridades migratorias atraparon y si su prima ha perdido el bebé del que estaba embarazada al caer contra una roca tras correr paralela al tren sin lograr la velocidad de su familia.

Las evidencias apuntan a que su niño no nacerá, pues, alejándose sobre “la bestia”, Mario –de nuevo otro seudónimo–, salvadoreño él, les contó cómo la acompañó mientras tendida en el suelo sangraba, hasta que se la llevaron “sólo Dios sabe a dónde”, me dijo Macarena.

Las lágrimas pararon, quiere hablar de sus dos “cipotes”, los pequeñines que en Honduras esperarán a sus papás.

Dos y cuatro años, casi cinco el mayor.

Ríe recordando sus travesuras y a su esposo cuidándolos.

Piensan que sus padres volverán ya, ¿será así? No han podido comunicarse desde hace más de dos semanas.

No queda dinero alguno.

Tal vez, si logran llamarle, un familiar les preste.

Pedirá dinero sin descanso para hacer esa llamada, pues sabe que si no, seguirá “alimentándose” de papas fritas y café; aunque, puede que no sea tan malo, ya que subida al tren debe mantenerse despierta –tantas horas, tantos días, como sea necesario–, lo contrario puede establecer la diferencia entre la vida y la muerte.

Está viajando por los chiquitos, dice que no quiere hacerse rica. Únicamente construir las paredes de su casa de un material que no sea madera, para que con el mal tiempo no sufran tanto.

Y si fuera posible, un terrenito alrededor para cuando la familia crezca, para que los niños algo hereden.

El gran sueño es regentar una tienda en su pueblo, ver que en su hogar pueden conseguir algún ingreso.

“Si Dios nos lo permite” repitió, desprendiendo una confianza y esperanza absolutas en la providencia desde el primer momento en que una palabra de su boca salió.

He de confesar que, pese a lo que el presente texto retrata, la mayor parte del tiempo lo pasamos riendo, sorprendentemente, en su mayoría a carcajadas.

Hoy nos despedimos de veinte personas, jamás sabremos qué les ocurrió.

Si no logran llegar, sólo conocerán su final quienes les acompañaban.

Son “mojados”, al salir de casa perdieron su identidad.

Si la burocracia y las fronteras ya les dieron la espalda, si el anonimato ya es el adjetivo que mejor les describe, tengámosles presentes en nuestros corazones y ante Dios, al menos hoy.

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