domingo, 10 de marzo de 2013

Voluntariado Internacional: Experiencias


Respondiendo a un deseo que en mí crecía desde muy niña, llegué a Cafayate, un pueblo situado en los Valles Calchaquíes argentinos, en la provincia de Salta. Pueblo al que desconozco si volveré, pero del que no dudo que por siempre me acompañará, pues tiene un merecido lugar en mi corazón tras dos meses de estadía. Me llamo María y formo parte del grupo de Voluntariado Misionero, al que me siento inmensamente agradecida, ya que ha sido un importante aliento e impulso para dar este paso.
A mi llegada a Argentina, como si de mi familia se tratara, fui acogida por la comunidad de hermanas con quienes compartiría aquellos meses: cuatro Agustinas Misioneras que, con su carisma y su ejemplo de vida, me mostraron que mi permanencia allí era lo que Dios disponía para mí este verano.
Fascinada por todo lo que me rodeaba e impregnándome de lo que en tan poco tiempo tan intensamente estaba viviendo, en pocos días gracias a su gente comencé a sentir Cafayate como mi hogar. Así, fui conociendo mis nuevas tareas, puesto que los días laborables permanecí en la Escuela Albergue San Agustín, colegio en el que, situado en un paraje a escasos kilómetros del pueblo, las clases finalizaban a media tarde mientras algunos de los chicos allí se hospedaban entre semana. Días aparentemente agotadores, sin embargo ¿quién recordaría el cansancio cuando la recompensa eran grandes sonrisas que iluminaban caras de ojos profundos que delataban duras historias, las cuales no impedían que las muestras de cariño fuesen constantes? Sus niños hicieron de cada día una nueva lección de vida, enseñanza de humildad y candor, mientras que los docentes y demás personal de la escuela me hicieron experimentar el verdadero significado de la palabra compañerismo. Entretanto, los fines de semana y días de feriado transcurrían siendo compartidos con las hermanas y con distintas personas y jóvenes del pueblo y de la parroquia.
He llegado habiendo conocido y sintiendo que por siempre tendré presentes a bellísimas personas que rezuman sensibilidad y que a cada paso revelan la misma realidad que nos trasciende y que a mí me llevó a acabar allí. Todos y cada uno de ellos han contribuido a dar un vuelco a mi vida; pues no es lo mismo conocer, saber lo que ocurre en aquella realidad que experimentarlo, que sentirlo, compartirlo y vivirlo.



María Álvarez Martínez
Voluntariado Misionero

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