martes, 5 de noviembre de 2013

DIRFRAN - franciscanos.org

SAN GUIDO MARÍA CONFORTI. Nació en Casalora di Ravadese (Parma, Italia) el año 1865. De niño, venciendo la oposición de su padre, entró en el seminario diocesano. Intentó en vano hacerse religioso para que lo enviaran a misiones. Sufrió crisis epilépticas y en 1888, ya curado, recibió la ordenación sacerdotal. Luego trabajó en el seminario y lo nombraron Vicario General. Lleno de celo por las misiones, fundó la Pía Sociedad de San Francisco Javier para las Misiones Extranjeras (Javerianos). En 1902 fue elegido arzobispo de Ravena y en 1907 pasó a la sede de Parma, continuando siempre al frente de su instituto misionero. Además, impulsó la catequesis, la formación del clero, la buena prensa, los encuentros eucarísticos, la Acción Católica. Su vida estuvo marcada por numerosas pruebas, algunas muy graves; las acogió como indicaciones de la Providencia. Murió en Parma el 5-XI-1931. Canonizado en 2011.

 SANTA ÁNGELA DE LA CRUZ. [Murió en Sevilla el 2 de marzo de 1932 y su memoria se celebra el 5 de noviembre, día de su beatificación en 1982]. Nació en Sevilla el año 1846, en el seno de una familia numerosa y pobre, trabajadora y piadosa. Desde muy joven trabajó en un taller de zapatería, a la vez que se entregaba al servicio de los más pobres y marginados. Bajo la guía de un experto confesor, el P. Torres, intentó hacerse religiosa, hasta que comprendió que el Señor la llamaba a fundar una congregación, la Compañía de las Hermanas de la Cruz que, viviendo en gran austeridad, atendían a enfermos y menesterosos. Mujer de vida contemplativa y de una gran actividad, gozó de carismas extraordinarios. A pesar de no tener estudios, dejó escritos de gran profundidad. Fue terciaria franciscana y su vida y espiritualidad tienen rasgos franciscanos muy marcados. Juan Pablo II la canonizó el año 2003.- Oración: Oh Dios, que iluminaste a Santa Angela virgen con la sabiduría de la cruz, para que reconociese a Cristo, tu Hijo, en los pobres y en los enfermos, y los sirviese como humilde esclava, concédenos que, imitando el ejemplo de su caridad, podamos llegar a ti, junto con nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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Santa Bertila. Primera abadesa benedictina del monasterio de Chelles, junto a Meaux (Francia), en el siglo VI.

Santo Domingo Mau. Nació en Vietnam hacia 1775. Se educó en el colegio de su misión católica, hizo los estudios eclesiásticos y se ordenó de sacerdote. Más tarde ingresó en la Orden de Predicadores y ejerció el ministerio en varias poblaciones, en medio de muchos peligros cuando se desató la persecución del emperador Tu Duc. Era ya de edad avanzada cuando lo encarcelaron. Consoló y confortó a sus compañeros de prisión y a quienes lo visitaban. Lo condenaron por llevar en público el rosario y exhortar a los cristianos a dar testimonio de su fe. Fue decapitado junto al río Hung-Yen en 1858. 

San Domnino. Era un médico joven y culto que, a causa de su fe cristiana, fue detenido en los comienzos de la persecución desatada por el emperador Diocleciano y condenado a trabajos forzados en las minas de Siria. Cinco años después lo condenaron a muerte y fue quemado vivo en Cesarea de Palestina el año 307.

San Fibicio. Fue obispo de Tréveris (Alemania) a mediados del siglo V.

San Geraldo. Nació en Puissalicon (Languedoc-Rosellón, Francia) hacia el año 1070. Hombre admirable por su honradez y simplicidad, fue canónigo regular de San Agustín en el priorato de Cassan, se ordenó de sacerdote en 1101 y fue elegido obispo de Béziers (Francia) en 1122. Dio un gran impulso espiritual y material a su monasterio, en el que aumentaron las vocaciones, y poco pudo hacer en su diócesis porque murió el año 1123.

San Guetnoco. Es venerado en Bretaña (Francia) como hermano de los santos Winwaleo y Jacuto que vivieron en el siglo VI.

San Marcos. Obispo de Ecano, hoy Troia (Apulia, Italia), en el siglo IV.

Santos Teótimo, Filoteo, Timoteo y Auxencio. El año 307, en Cesarea de Palestina, Teótimo, Filoteo y Timoteo, que eran jóvenes cristianos, fueron destinados a los juegos del anfiteatro para diversión de la plebe. Luego, junto con el anciano Auxencio, fueron arrojados como pasto a las fieras.

Beato Bernardo Lichtenberg. Nació en Ohlau de Silesia en Alemania (hoy Olawa en Polonia) el año 1875. En 1899 se ordenó de sacerdote en Breslau, al año siguiente lo destinaron al ministerio parroquial en Berlín y luego pasó a ejercer oficios diocesanos. Durante el periodo nazi se sintió obligado a orientar a sus fieles según el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia. Públicamente protestó contra la eliminación de los enfermos mentales, defendió a los no-arios, condenó la persecución de los judíos, etc. Arrestado por la Gestapo en octubre de 1941, pasó por varias cárceles. De camino al campo de concentración de Dachau, murió en el hospital de Hof el 5 de noviembre de 1943 a consecuencia de las torturas que le habían propinado y de las enfermedades que había contraído.

Beato Juan Antonio Burró Más. Nació en Barcelona el año 1914. Huérfano de madre, se educó en el Asilo de San Juan de Dios de la Ciudad Condal, y en 1933 hizo la profesión religiosa en la Orden Hospitalaria. En el servicio militar lo destinaron a sanidad; estuvo en Ciempozuelos (Madrid) hasta que, iniciada la guerra civil española, lo trasladaron al Hospital Militar de Carabanchel y más tarde al de Madrid. Era muy apreciado por su competencia y entrega a los enfermos, pero algunos compañeros, marxistas, al saber que era fraile, decidieron acabar con él. El 5 de noviembre de 1936 lo invitaron a un café y, ya fuera del recinto hospitalario, lo asesinaron mientras él daba vivas a Cristo Rey.

Beato Gomidas Keumurgian (Cosme de Carboniano). Nació en Constantinopla, hijo de un sacerdote armenio, ortodoxo, el año 1656, contrajo matrimonio y tuvo siete hijos, se ordenó de sacerdote y ejerció el ministerio parroquial. A los 40 años se convirtió con toda su familia al catolicismo, lo que le causó no pocos problemas. Fue condenado al destierro y las autoridades turcas dieron leyes severas contra los sacerdotes vinculados con Roma. En 1707 lo procesaron acusado de provocar tumultos entre los armenios y por la presión de éstos lo encarcelaron. Las autoridades musulmanas le ofrecieron la libertad si se convertía al Islam. Él se mantuvo firme en la fe católica profesada por el Concilio de Calcedonia, y el 5 de noviembre de 1707 fue decapitado.

Beato Gregorio Lakota. Nació el año 1883 en un pueblo ucraniano de la región de Lvov. Se ordenó de sacerdote el año 1908 en Przemysl y a continuación hizo estudios superiores en Viena. Trabajó luego en el seminario de Przemysl y, por sus dotes y santidad, lo nombraron obispo de Przemysl en 1926. Veinte años después lo arrestaron por motivos religiosos y lo condenaron a diez años de cárcel en el campo de concentración de Abez en Siberia. Su salud no pudo soportar los malos tratos y privaciones del «gulag» y murió en 1950.

Beata María del Carmen Viel Ferrando. Nació en Sueca (Valencia) el año 1893. Se educó con las Hijas de la Caridad y, si bien pensó algún tiempo en la vida religiosa, optó por santificarse en la vida seglar, inserta en la vida parroquial y colaborando en su apostolado. Trabajó en la Acción Católica, en la catequesis, en la fundación de un colegio para niñas pobres. Intervino en la fundación de un Sindicato laboral de corte y confección. Cuando estalló la guerra civil española, marchó a Valencia donde la denunció una mujer a la que había ayudado mucho. Pasó unos días en una «checa» y la fusilaron los milicianos en El Saler, afueras de Valencia, en 1936.


PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la carta de San Pablo a los Romanos: «Hermanos, ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14,7-9).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: «Los hermanos a quienes el Señor ha dado la gracia de trabajar, trabajen fiel y devotamente, de modo que, desechando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir» (2 R 5,1-2).

Orar con la Iglesia:

Elevemos nuestras súplicas al Salvador, que quiso nacer de María Virgen, y digámosle: Que tu Madre, Señor, interceda por nosotros.

-Salvador del mundo, que, con la eficacia de tu redención, preservaste a tu Madre de toda mancha de pecado, líbranos a nosotros de toda culpa.

-Redentor nuestro, que hiciste de la Virgen María tabernáculo purísimo de tu presencia y sagrario del Espíritu Santo, haz también de nosotros templos de tu Espíritu.

-Verbo eterno del Padre, que enseñaste a María a escoger la mejor parte, ayúdanos a imitarla y a buscar el alimento que perdura hasta la vida eterna.

-Señor del cielo y de la tierra, que has colocado a tu derecha a María reina, haz que aspiremos siempre a los bienes del cielo.

Oración: Escucha, Padre, nuestra oración humilde y confiada, que te presentamos por medio de la santísima Virgen María, madre nuestra y mediadora de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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OCTAVARIO DE LOS DIFUNTOS

Benedicto XVI, Ángelus del día 5 de noviembre de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

Durante estos días, que siguen a la conmemoración litúrgica de los Fieles Difuntos, se celebra en muchas parroquias el octavario de los difuntos. Es una ocasión propicia para recordar en la oración a nuestros seres queridos y meditar sobre la realidad de la muerte, que la así llamada «civilización del bienestar» a menudo trata de borrar de la conciencia de la gente, totalmente inmersa en las preocupaciones de la vida diaria. En realidad, el morir forma parte del vivir, y esto no sólo al final, sino, si se considera bien, en cada instante.

Sin embargo, a pesar de todas las distracciones, la pérdida de una persona amada nos hace redescubrir el «problema», haciéndonos sentir la muerte como una presencia radicalmente hostil y contraria a nuestra vocación natural a la vida y a la felicidad.

Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobre todo afrontando él mismo la muerte. «Al morir, destruyó la muerte», repite la liturgia en el tiempo pascual. «Con el Espíritu que no podía morir -escribe un Padre de la Iglesia-, Cristo mató la muerte que mataba al hombre» (Melitón de Sardes, Sobre la Pascua, 66). De este modo, el Hijo de Dios quiso compartir hasta sus últimas consecuencias nuestra condición humana, para reabrirla a la esperanza. En resumidas cuentas, nació para poder morir y así liberarnos de la esclavitud de la muerte.

Dice la carta a los Hebreos: «Gustó la muerte para bien de todos» (Heb 2,9). Desde entonces, la muerte ya no es la misma: por decirlo así, ha sido privada de su «veneno». En efecto, el amor de Dios, operante en Jesús, ha dado un sentido nuevo a toda la existencia del hombre, y así ha transformado también el morir. Si en Cristo la vida humana es «paso de este mundo al Padre» (Jn 13,1), la hora de la muerte es el momento en el que este paso se realiza de modo concreto y definitivo.

Quien se compromete a vivir como él, es liberado del temor de la muerte, que ya no muestra la mueca sarcástica de una enemiga, sino -como escribe san Francisco en el Cántico de las criaturas- el rostro amigo de una «hermana», por la cual se puede incluso bendecir al Señor: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal». La fe nos recuerda que no hay que tener miedo a la muerte del cuerpo, porque sea que vivamos, sea que muramos, somos del Señor. Y con san Pablo sabemos que, también liberados del cuerpo, estamos con Cristo, cuyo cuerpo resucitado, que recibimos en la Eucaristía, es nuestra morada eterna e indestructible. La verdadera muerte, a la que hay que temer, es la del alma, que el Apocalipsis llama «muerte segunda». En efecto, quien muere en pecado mortal, sin arrepentimiento, encerrado en el rechazo orgulloso del amor de Dios, se excluye a sí mismo del reino de la vida.

Por intercesión de María santísima y de san José, imploremos del Señor la gracia de prepararnos serenamente a salir de este mundo, cuando él quiera llamarnos, con la esperanza de poder habitar eternamente con él, en compañía de los santos y de nuestros seres queridos difuntos.

[Saludos en español] La reciente conmemoración de todos los Fieles Difuntos nos recuerda que Cristo es la resurrección y la vida. Por ello pensamos con cariño en los seres queridos que fallecieron, oramos por ellos y vivimos con esperanza y sin temor a nuestro futuro.

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NUESTRO PAÍS ES LA CRUZ

De una carta de Santa Ángela de la Cruz
a sus hijas de Carmona

Deseo que empiecen a obrar como Hemanas verdaderas de la Cruz. Y como cruz expresa sacrificio, el ser verdadera Hermana de la Cruz es tanto como el amar con todas las veras de nuestra alma el sufrir, el padecer, el mortificarse.

Cuando veo que este padecer se rechaza o se huye el sufrir, me entristezco, porque no veo las señales que con precisión nos deben calificar de Hermana de la Cruz. Y cuando esta repugnancia al padecer la veo en las que yo contaba que lo sabían, y que por saberlo estaban prontas a todo, aunque a la carne le costara, y las veo que no entran, más se aumenta mi pena: y me encuentro como en un país extraño sin tener dónde volver la cara, porque no entienden el idioma de la cruz.

Porque la verdad, mis queridas hijas, que nuestro país es la cruz, en la cruz voluntariamente nos hemos establecido y fuera de la cruz somos forasteras. Pues la hermana que establecida en la cruz quiere vivir sin cruz, es tanto como querer vivir errante, fuera de su país, donde puede gozar de paz y de ventura; y por salirse de él, vivir en un continuo sobresalto, como les pasa a los desterrados o expatriados que viven en un continuo penar.

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EL CORDERO INMACULADO
NOS SACÓ DE LA MUERTE A LA VIDA
De la Homilía sobre la Pascua (Núms. 65-71)
de Melitón de Sardes

Muchas predicciones nos dejaron los profetas en torno al misterio de la Pascua, que es Cristo; a Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Él vino desde los cielos a la tierra a causa de los sufrimientos humanos; se revistió de la naturaleza humana en el vientre virginal y apareció como hombre; hizo suyas las pasiones y sufrimientos humanos con su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó las pasiones de la carne, de modo que quien por su espíritu no podía morir acabó con la muerte homicida.

Se vio arrastrado como un cordero y degollado como una oveja, y así nos redimió de idolatrar al mundo, como en otro tiempo libró a los israelitas de Egipto, y nos salvó de la mano del Faraón; y marcó nuestras almas con su propio Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.

Éste es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto, como Moisés al Faraón. Éste es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia, como Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.

Éste es que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al recinto eterno, e hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido y eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación.

Éste es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de pies y manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y fue vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el cordero, perseguido en David y deshonrado en los profetas.

Éste es el que se encarnó en la Virgen, fue colgado del madero y fue sepultado en tierra, y el que, resucitado de entre los muertos, subió al cielo.

Éste es el cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquel que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro.

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EL DON DE LA ORACIÓN

por Lázaro Iriarte, OFMCap

La oración, en sentido cristiano, no es otra cosa que la actuación del don de la fe, que nos conduce al descubrimiento del rostro de Dios y a la escucha de su voz, que nos interpela a través de tantos signos y reclamos por los cuales él se nos hace presente: ante todo por medio de su Palabra viva, eficaz y penetrante; después, por medio de cada persona humana, misterio indescifrable; y luego en los acontecimientos grandes o pequeños y en las cosas, cuyo mensaje tan hondamente logró captar Francisco.

Como la fe que la engendra, la oración no es una conquista del esfuerzo humano. Existen técnicas de distensión corporal, que ayudan a la disposición del espíritu, de concentración, de reducción de la dependencia externa, del yo profundo, creando una sensación de armonía interior apta para preparar el espacio a lo divino. Son métodos dignos de atención, que pueden ser recomendables, pero con la advertencia de que no tienen nada que ver con la auténtica oración cristiana, que pone al espíritu frente a un Dios personal y bajo la acción del Espíritu Santo, que penetra y modifica la vida y que, lejos de amortiguar el impulso creativo, libera los resortes de la caridad. La verdadera contemplación no es un repliegue hacia adentro ni una evasión de la tarea del vivir y del convivir, sino un entrar en sintonía con el Dios Amor, que no cesa de obrar (Jn 5,17), para decirle: ¿qué quieres, Señor, de mí?

Como todos los grandes convertidos, Francisco recibió el don de la oración juntamente con el de la conversión. Y, cuando Dios concede este don, no se contenta con dar un método de rezar o de meditar, sino que concede la oración infusa. Es esa fuerza interior, suave pero eficaz, que atrae al alma hacia la soledad y el silencio, que es el espacio donde Dios hace oír su voz. En el desierto se dio a conocer Yahvé a Israel; y, habiéndose alejado de él la nación elegida, allí la esperaba para reanudar con ella la intimidad esponsal: «La llevaré al desierto y hablaré a su corazón... Y ella me responderá allí como en los días de su juventud» (Os 2,16s).

El primer impulso de Francisco, cuando experimentó el triunfo de la divina gracia, fue de retirarse a una gruta para afrontar la realidad de Dios, de solo a solo, en el máximo aislamiento (cf. 1 Cel 6). Más tarde, habituado ya a la presencia permanente del Señor, preferirá orar al aire libre, en contacto con la naturaleza.

La oración contemplativa no era para él un ejercicio encuadrado en horarios o métodos. Oraba en todo momento, «caminando, estando sentado, mientras comía y bebía», de día y de noche (1 Cel 71). Estaba atento al reclamo interior, a la «visita» del Señor, como él lo llamaba; y cuando ésta se hacía sentir, no la dejaba pasar: se apresuraba a aislarse o, si le sorprendía en público, se tapaba el rostro con el manto o con la manga para ocultar la embriaguez interior.

Tomás de Celano ha condensado esa dimensión fundamental de la vida de Francisco en una frase feliz: «No era un hombre que ora, sino todo él hecho oración» (2 Cel 95).

Y vino a ser maestro de oración. A juzgar por las fuentes, las primeras generaciones franciscanas hicieron de la comunicación con Dios la ocupación primordial del hermano menor.

También Clara, guiada y enardecida por Francisco, recibió el don de la oración junto con el de la conversión. Amante del retiro y del silencio, no le fue difícil identificarse con el encierro claustral, en que la ascensión del espíritu hacia Dios halla el clima propio.

[L. Iriarte, Ejercicios espirituales, Valencia 1998, pp. 94-96]


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