miércoles, 1 de octubre de 2014

EXPERIENCIA DE VOLUNTARIADO INTERNACIONAL, BOLIVIA

Llévame donde los hombres necesiten tus palabras, necesiten mis ganas de vivir…

Después de un largo camino compartiendo entre hermanos la inquietud de realizar una experiencia de misión fuera de mi entorno habitual, este año tuve la oportunidad de transformar en vida la letra de esa canción (Alma misionera) que tenemos casi como un himno en nuestro Voluntariado Misionero Mª Ana Mogas. Así, en el verano, hice las maletas, salí de Madrid y me encontré con el mismo Dios que se encarna en las gentes sencillas y trabajadoras de Bolivia y en los paisajes de esta tierra bendecida por Él.

Enclavada en el corazón de Sudamérica, Bolivia es el país más pobre de la región y el segundo más pobre de toda Latinoamérica, con el agravante que implica estar rodeado de países más potentes que eclipsan y rebajan su crecimiento. Santa Cruz de la Sierra es la ciudad más poblada, con cerca de dos millones de habitantes. Ha pasado en un siglo de ser un pequeño pueblo a ser una gran urbe, centro financiero del país y centro de las mayores desigualdades sociales del estado. Uno de los casos más representativos es el barrio conocido popularmente como Plan 3000, zona en la que está inserta la comunidad de hermanas Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor con la que tuve la oportunidad de vivir en fraternidad y realizar esta experiencia misionera. El barrio es escenario habitual de conflictos, tráfico de drogas y otros negocios ilegales. Pero es también el entorno en que vive mucha gente humilde y sencilla que lucha por labrarse un mañana mejor. En esta zona se estima que prácticamente el 96% de la población vive o al límite o bajo el umbral de la pobreza. Más del 63% de la población subsiste gracias al comercio informal en la calle. Allí, en este entorno, las hermanas desarrollan un increíble trabajo que comprende el acompañamiento pastoral a las comunidades cristianas de las diversas capillas que dependen de la parroquia de San Antonio (OFM) y tareas de promoción humana, labor sanitaria y misión itinerante en las zonas rurales. Desde la sencillez, nuestras hermanas están atentas,  siempre y a cualquier hora, a cualquier necesidad… y a diario son muchas las necesidades que se presentan.

En esta realidad cada día es una oportunidad para hacer vida y comprender el mensaje de las bienaventuranzas; cada día Jesús llama a la puerta pidiendo ayuda, encarnado en un niño que sufre las consecuencias de haber nacido en el seno de una familia desestructurada; o de un anciano que padece hambre y al que, con una pensión de 25 euros mensuales le piden 150 para atender su infección de boca; o de una mujer que tiene que afrontar solo con la ayuda de su pequeño la enfermedad del cáncer... Y es ahí donde se pone en marcha el mecanismo del amor y la creatividad evangélica para dar respuestas y tender la mano. Ahí es donde pude ver el milagro mismo de la vida. Las hermanas sostienen también un centro de educación alternativa y un comedor para niños y ancianos… ¡El trabajo es mucho! Tienen la ayuda en esta misión de numerosos laicos que vibran con la espiritualidad franciscana, gente humilde que ha entendido la centralidad de su fe, que celebran con alegría a Jesús resucitado en la Iglesia (¡qué impacto el verles compartir así la Eucaristía!) y lo testimonian en la calle, trabajando por el Reino con un compromiso que la centralidad de su existencia. Los más sencillos ayudando a los más sencillos.

Otra parte de mi misión se desarrolló lejos de Santa Cruz, en el pueblo de Moro Moro, ubicado en la provincia de Vallegrande. La localidad cuenta con unos 700 habitantes, gran parte de ellos dedicados a la agricultura, fruticultura, cría de ganado y artesanía.  Está rodeado por pequeñas comunidades a las que se llega por caminos de tierra, pues allí aún no ha llegado el asfalto. Su paisaje hecho de montañas, bosques, ríos, valles… es de una belleza impresionante. Su gente derrocha bondad, generosidad, alegría... haciendo sentir a quien llega hasta allá, como en “su propia casa”. Las hermanas Franciscanas realizan aquí un proyecto de “misión itinerante” (de momento no es posible una estructura permanente) para acompañar a estas personas. La vida allí se plantea desde otro prisma. Todo se relativiza. Por ejemplo, 30 kilómetros pueden suponer dos horas y media en coche pero… ¿Cuál es el valor del tiempo? El valor lo dan estas personas: ancianos que con más de 90 años que  siguen trabajando el campo y lloran su soledad en el ocaso de la vida; niños que agradecen con una sonrisa que les enseñes una canción y cambies su rutina; enfermos que saben que no tendrán una ambulancia a la puerta que les traslade a ningún hospital y que intentan encontrar esperanza en el sufrimiento; mujeres que quieren compartir contigo sus ilusiones por un futuro mejor… A pesar de su situación, la mayoría de ellos no pierden la sonrisa, su actitud llena de paz a quien se acerca a visitarlos, no se lamentan, sólo sonríen como aquel que nada tiene que reprocharle a la vida.

Esta experiencia, sin duda, ha tocado mi corazón. Sabemos que no vamos a transformar las realidades de los sitios a los que llegamos como voluntarios, pero queremos conocerlas y acompañarlas desde el Evangelio, tal como lo harían Francisco y María Ana. Ese es el espíritu de esta gran familia del Voluntariado Misionero, que cada vez crece más. Como jóvenes queremos revelarnos contra la injusticia, sabiendo que no podemos ser cómplices de las desigualdades… Pero sabemos que debemos empezar por trabajar en nuestra propia realidad, la de nuestro entorno. Algunos podemos salir a otras tierras, conocer distintas realidades y enriquecernos con la vida y el testimonio de otros hermanos, pero todos asumimos también el compromiso de ser misioneros en nuestro lugar. ¡Es mucho lo que está en juego! Finalizada esta experiencia en Bolivia ——como los demás hermanos del VM lo han hecho en sus lugares de misión—, como los discípulos de Emaús que regresaron a Jerusalén y compartieron con los demás lo que les había sucedido en el camino, esperamos poder transmitir la vida que aquí hemos recibido ¡La misión es de todos y aún queda mucho por hacer!

Javier Ortega, verano de 2014 (Madrid)

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